¿Qué fue la historia?

by CT on April 25, 2013

En sus Tesis sobre la Historia, Walter Benjamin escribe:

“Hay un cuadro de Klee que se titula Angelus Novus. Se ve en él un ángel, al parecer en el momento de alejarse de algo sobre lo cual clava la mirada. Tiene los ojos desorbitados, la boca abierta y las alas tendidas. El ángel de la historia debe tener ese aspecto. Su rostro está vuelto hacia el pasado. En lo que para nosotros aparece como una cadena de acontecimientos, él ve una catástrofe única, que arroja a sus pies ruina sobre ruina, amontonándolas sin cesar. El ángel quisiera detenerse, despertar a los muertos y recomponer lo destruido. Pero un huracán sopla desde el paraíso y se arremolina en sus alas, y es tan fuerte que el ángel ya no puede plegarlas. Este huracán lo arrastra irresistiblemente hacia el futuro, al cual vuelve las espaldas, mientras el cúmulo de ruinas crece ante él hasta el cielo. Este huracán es lo que nosotros llamamos progreso.”
Über den Begriff der Geschichte, 1942, traducción de B. Echeverría.

Escribo en castellano por primera vez en este blog. Lo hago en honor de mi amiga de toda la vida Diana ( 戴安娜), y celebrando nuestro re-encuentro en el espacio cibernético después de 32 años. Y además lo hago porque hay cosas que no se pueden decir en inglés, aunque así lo crean muchos autores. Por ejemplo, no se puede hablar de lo siguiente.

Yo recuerdo una historia que nunca existió. La recuerdo porque no tengo otra manera de pensar, de articular lo que pienso, incluso ahora que ya entiendo que todas las fantasías que vivimos incluso en la vida adulta, son otros tantos mensajes que se dirigen a otro, a un más allá que sólo podemos imaginar. Pero ese otro no existe, y si seguimos la cadena de pensamiento del psicoanálisis, tampoco existe la negación, el complemento del Otro. “No hay un otro del otro”.

Así, la historia que recuerdo es una densa figura que funciona y se entiende precisamente porque es una fantasía.

Nos ponemos a escribir y es como si echásemos los dados. Así como caen, así queda la escritura. Y si los echáramos de nuevo, otro sería el resultado. En el acto de escribir, suponemos una libertad, una selección, como si escogiéramos las palabras. Pero nuestro testimonio es más parecido a una lectura de azar que a un acto voluntario. Tanto es así, que ya sea de día o de noche, probamos una y otra vez nuestra suerte, todas las combinaciones posibles, de todas las palabras, de todos los ensayos que nunca vamos a escribir.

Hasta que los escribimos.

Durante años me he venido preguntando qué es la historia. Porque si bien soy consciente de que el recuerdo personal no es más que una fantasía, ¿qué se puede decir del recuerdo colectivo? Cuando nos encontramos, ¿no recordamos acaso el mismo país, la misma ciudad de cielo gris?

¿Qué es la historia? No me refiero aquí a ningún libro de historia ni a ningún documento, sino a la historia recordada, a la historia que a su vez nos hace leer documentos o nos lleva a ignorarlos. Me refiero, pues, a la historia como causa, no como efecto. Lo que inmediatamente lleva a pensar que, así como el individuo recuerda una fantasía, dos individuos, incluso en la más estrecha relación no pueden recordar más que el complemento de lo que ambos han olvidado.

Así por ejemplo, en nuestra generación ya no hablamos de progreso. Eso es algo que ya no existe en el sujeto social. Y sin embargo, el sujeto social no se ha debilitado; sino al contrario se hace más fuerte cuando más débil es la memoria de las personas. La memoria individual, personal, incluso diríamos la psicología que podemos todavía sentir en la introspección (si lo intentamos) se hunde y desaparece, mientras que un sujeto social, abstracto, políticamente estéril y consensual se hace con la realidad.

Ya no existen ni el progreso ni el desarrollo, ya no existe la nación ni la patria. La familia se cultiva en los márgenes de la sociedad liberal, pero está claro que el estado ya no necesita de la familia tal como apareció en la era “moderna”. ¿Existe todavía la amistad?

Si es que existe una explicación de este fenómeno, tiene que ser al nivel del individuo. No creo en fenómenos sociales que sólo tengan explicaciones sociales o económicas. Porque, si bien es cierto que la hegemonía del sujeto social es una parte del capitalismo post-nacional, tal tendencia no podría haber coagulado sin el pasivo hundimiento de las personas, y la aceptación de este estado de cosas. Definitivamente no sin la derrota de la persona.

Esta derrota ha creado una cuádruple articulación de la realidad: donde se cuentan la persona, el sujeto, el agente y el signo. La persona soporta el sujeto, que es un producto abstracto de la interacción social. A su vez, el sujeto soporta uno o más agentes o instrumentos, y éstos marcan signos. En los actos de comunicación, los individuos no se ven directamente, sino sólo perciben los signos, disciernen los agentes y reconocen el sujeto en el trasfondo. Las personas no se comunican directamente, precisamente porque lo personal es el contexto ingobernable; no simbolizable y por lo tanto inexpresable en el plano social.

En un discurso tecno-céntrico podríamos decir que sólo nos comunicamos por medio de números (lo que sería muy acertado sabiendo que toda comunicación electrónica es numérica), pero debemos moderar esto ya que los individuos inscriben letras, gestos, sonidos, símbolos analógicos que también actúan como mediadores en la comunicación. En cualquier caso, el símbolo, numérico o cualitativo, es lo único que conocemos directamente.

Por su acción sobre el entorno, es decir, por los signos que inscriben, discernimos a los agentes, a los instrumentos. Un signo regular, metódico –asumimos—deriva de un agente que posee cierta consistencia. Y de igual manera, por la acción del agente, deducimos la realidad del sujeto. Lo que, finalmente, nos permite intuir –nunca comprender o conocer—la persona.

Lo poco de original que existe en esta teoría es la visión de que el espacio humano, la esfera de lo humanamente posible está articulada en cuatro eslabones, y no en dos como se podía suponer en base ciertas explicaciones del consciente y el inconsciente, del significante y el significado o de la conciencia real o alienada. Por supuesto, explicaciones parciales no son equivocadas sino solamente insuficientes. Así por ejemplo, la dualidad entre consciente e inconsciente se articula perfectamente en las cualidades de la persona y el sujeto. Para entender esto recomiendo leer a Lacan. La dualidad de sujeto social e instrumento, en cambio, es una relación entre símbolos, siendo el sujeto un símbolo convencional (un residuo social como diría Wilfredo Pareto) y siendo el agente un símbolo instrumental. Quien entienda las implicaciones de la informática reconocerá aquí a la máquina por excelencia, el ordenador. Finalmente, los signos no son sino las marcas o señales que constituyen la superficie, la envoltura, la zona más externa del espacio humano.

Como existe una discontinuidad absoluta entre cada una de esas articulaciones, también hay discontinuidad entre dos o más individuos que participan en el intercambio. Como queda escrito arriba, los individuos sólo conocen los signos del otro.

Es así como se explica entonces por qué existe la fantasía. No conocemos nada del otro, como no sean los signos que nos deja ver. Discernimos el agente, intuimos el sujeto, y pura y simplemente fantaseamos la persona. La comunicación existe sólo en la medida de la fantasía y dentro de la fantasía. Y no podríamos sufrir esta vida si no supusiéramos que, a pesar de todo, el otro existe. La fantasía, pues, es un producto necesario del espacio humano.

Y este espacio humano, esta cadena de articulaciones es lo que hace la historia. Yo pienso que, si podemos hablar de una antropología, podemos hablar también de lo humano como causa. Tanto causa de lo que ocurre en un mundo habitado y dominado por seres humanos, como causa de lo que ocurre en la esencia de lo humano. El ser humano, o mejor, la naturaleza humana es su propia causa, porque, al caracterizarse por esa cuádruple articulación, la esencia humana se despliega en formas complejas, contradictorias, de difícil interpretación. Lo humano es la causa compleja por excelencia.

Lo humano como causa de sí es también lo humano como causa universal, es decir, como causa de la historia.

Por ejemplo, lo humano como articulación de persona, sujeto, agente y signo, es la causa de esos entramados de la historia que aparecen como errores, dramas o conjuras, pero que, bien analizados, no son sino meras apariencias de la profunda incapacidad que tenemos para comprender la totalidad de nuestra acción, y del hecho que sólo podemos recordar nuestras fantasías. Si la historia se repite y nos vemos por ejemplo sumidos en guerras insensatas, injustificadas e interminables no es porque haya algún tenebroso plan de dominio universal, o una guerra permanente de unas naciones, religiones, pueblos o clases contra otras, sino porque existen miles de millones de insensatas, injustificadas e interminables fantasías. Es porque existe un vacío, una nada en el centro de las mismas, un “otro” asumido, nunca conocido incluso cuando lo que se fantasea es el amor.

Detengámonos un momento: si todo esto es cierto, ¿existe acaso un tiempo apropiado para el buen hacer? ¿Existe un buen tiempo para la acción apropiada?

Lo que vemos es una extensión creciente de esa cadena que va de la persona hasta el signo. De modo que, si bien en nuestro presente esa cuádruple articulación se ha hecho más compleja y completa, todas las formas de sociedad humana han sido manifestaciones de la distancia interna, esencial, que existe entre el ser y la palabra. Toda sociedad ha existido sobre un cierto grado de negación de la persona, ya sea en épocas pre-capitalistas, modernas o post-nacionales. Los sabios del pasado, por ejemplo en Asia Oriental, comprendieron muy bien esto y lo sintetizaron en el ideal del ermitaño ajeno a cualquier imperio.

Pero sí hay una diferencia, y ésta es que las sociedades post-nacionales de nuestro presente son mucho más poderosas que las del pasado, en tanto que son más perfectas o mejor dijo representan una más aguda, detallada sumisión de la persona al poder del abstracto social. El proceso social de diferenciación “vertical”, es decir la separación de las funciones sociales en otras tantas esferas semi-autónomas (como lo ha descrito Luhmann), ha creado un mundo donde la dominación se expresa no por la sumisión simultánea del individuo como persona y como sujeto al poder del otro, sino por medio de la separación, la fragmentación interna, de modo que la persona está fuera de la sociedad, mientras que el sujeto queda definido en una multitud de esferas separadas y heterogéneas (las de la cultura, la política, la ciencia, la economía, la religión, la prensa, y otras). El individuo está bajo el dominio de poderes automáticos, impersonales, múltiples, porque ha perdido unidad, porque es ahora un residuo del pasado. Ni siquiera ya un sueño o una esperanza, sino un fantasma desconocido.

Lo que llamamos historia, claramente la historia reciente, es ese proceso de diferenciación funcional, que lleva finalmente a la exclusión de las personas, que se convierten en marginales, en mera periferia de la sociedad. Éste es el significado de la anticipación Orwelliana: un mundo donde la persona no sólo no cuenta, sino que es también anatema. Lo peculiar de esa anticipación no es que se haya realizado, sino que la pesadilla se materializa cuando todas las ilusiones de progreso hablaban de una era de democracia con la caída del Muro de Berlín, y el “ascenso democrático” en el Tercer Mundo.

Lo que cuenta ahora es el sujeto, es decir el individuo como parte del abstracto social, como agente y como signo. Esa es por ejemplo la clave de la identidad corporativa en las empresas transnacionales.

Las sociedades actúan sobre otras sociedades por intermedio de tales “individuos”, es decir, no de las personas. En tanto que la acción requiere seres biológicos individuales, estos operan sólo como instrumentos o signos, como digo, porque el poder de una sociedad reside en las abstracciones universales que genera, es decir en los sujetos. De nada le sirven a las sociedades post-nacionales las psicologías individuales, ya que ellas no son previsibles. El estado moderno sólo consume e incluso sólo percibe sujetos previsibles, catalogados y consensuales.

Es la cuádruple articulación misma la que genera tales sujetos, más allá de las personas. I esto es lo que explica las guerras y la destrucción que se multiplica en el presente. No es una élite la que hace las guerras y destruye lo que queda de naciones y pueblos; o, mejor dicho, tal élite no podría hacerlo, si no fuese por la pasividad apolítica e incluso pacifista del sujeto social, que ha sido eficazmente contenido en las guerras transnacionales y post-nacionales. La doble conciencia de la élite liberal, de izquierda o de derecha, nacionalista o cosmopolita, libertaria o comunitaria, católica o protestante, oriental u occidental, manifiesta la separación de la persona y del sujeto como fundamento de la sociedad mundial.

Si algo se puede decir de este estado de cosas es que este despliegue, esta creciente complejidad de las articulaciones del espacio humano no se detienen sino que se profundizan. Si algo se puede anticipar por tanto, es que las siguientes eclosiones de lo humano no pueden sino generar más articulaciones y más distancia entre esos cuatro eslabones que he descrito.

A la era de la persona ausente, del sujeto abstracto, del instrumento automatizado y del signo sin sentido sólo puede seguirle una era en la que cada una de esas articulaciones se abra a su vez descubriendo otros niveles, otras distancias, otras discontinuidades.

En nuestro presente, la cuádruple alienación de la persona nos hace impotentes a la vez que automatiza la sociedad y la hace poderosa. La misma sociedad que puede enviar un robot a Marte, es capaz de matar sociedades enteras. Es capaz de matar por matar y lo hace todos los días.

Cuando hablo de estas cosas con amigos y colegas, a veces digo que el capitalismo tardío, la era post-nacional es también la era de la “mente proletaria”, es decir la mente creada por el capital como contraparte necesaria. Una mente que es tras-cultural y carece de raíces. Pero cada vez me convenzo más de que esta terminología es inadecuada, ya que ahora ninguno de los sectores sociales se caracteriza ya sea por tener o no tener descendencia, y ningún grupo o tipo social se determina por su relación con la prole, con los niños. Al contrario, en la cultura actual—en todas sus formas—las familias están también fuera de la sociedad. Y, en cambio, lo que determina a esa mente consensual, pasiva, apolítica, aterrorizada es siempre un peculiar sentido de libertad. Por eso es mejor hablar de la mente “liberal”, aunque sé que ese término se presta a muchas confusiones debido a su historia.

Ese sentido de “libertad” ocurre cuando acaban los intercambios del día, el trabajo, la oficina, el mercado o cualquier otra actividad social, y el individuo se retira a lo último que le queda: la materialidad de la persona física, en la casa familiar o individual. Es esa libertad brutal pero muda la que compramos día a día como actores-sujetos en esta sociedad. Somos sujetos para poder ser personas al final del día. No lo sabemos, no queremos saberlo.

En ese sentido somos libres, y no proletarios o esclavos, en tanto que seguimos poseyendo nuestra biología y los más dichosos también poseen un hogar. O así lo parece por ahora, ya que no parece existir un límite a la invasión de le privacidad de la persona y del hogar, y ya que esa invasión ocurre precisamente por medio de la satisfacción de los deseos de libertad y propiedad. No son pocos los observadores que creen poder demonstrar que en verdad ya no poseemos ni siquiera nuestros cuerpos.

¿No es éste el resultado de la historia? ¿Qué fue eso que conocimos como historia sino ese creciente movimiento de desposesión y pérdida?

Mi punto de vista es quizás sombrío: Toda historia es una ilusión. Nunca hubo un antes y un después. Nunca hubo un imperio mejor que otro, o una democracia más democrática que la que ya perdimos. En verdad, no sólo no hubo historia sino que en este maremágnum –que describe Walter Benjamin con la imagen del Ángelus Novus—sólo ha habido un movimiento y ése ha sido el movimiento de creciente destrucción de la persona.

Desde esa perspectiva es mejor asumir que la pregunta por la historia ni siquiera es apropiada ya que se trata de un concepto sin objeto. No hubo historia y no la habrá. O, mejor dicho, la historia que conocimos es precisamente la memoria de una fantasía, como dije al comienzo, no un desarrollo que se dirige hacia un futuro bueno o malo.

¿Pero qué hay, entonces? ¿Qué es esta realidad que se abre como un abismo a pesar de todo cuando se encuentran dos personas? ¿De qué se puede hablar?

Hablamos con la esperanza o la desesperación de ser entendidos. No hay que negarlo. Pero también hablamos como podemos, no como queremos. Nos limita tanto la práctica como la serie de lenguajes consensuales que podemos adoptar.

Si la comunicación existe es no porque el abismo se llegue a superar, sino porque en ciertos momentos (quizás por azar) las personas entrevén, como en una sala de espejos, que los signos que les llegan tienen sentido, “significan” algo cuando son traducidos a nivel personal. Por supuesto, deseamos el significado. Lo necesitamos para existir.

¿Pero cómo se produce ese milagro de la comprensión a pesar de la distancia, la discontinuidad y la naturaleza del abismo?

Como digo, hablamos como podemos. Y al decirlo así, recurro aquí a un ejemplo que me es muy cercano y que voy a elaborar porque –creo—tiene un significado transcendental. Como se sabe, soy un profesional de la Seguridad Informática. Se dice que soy un experto. Tal vez por ello mi opinión tenga cierto sentido para quienes manejen los mismos lenguajes, pero sobre todo, espero que tenga sentido en el contexto de lo que he venido explicando en este texto.

Tras haber confirmado que no hay historia, y formulado le norma de la cuádruple articulación, he llegado también a sugerir que si es que se puede hablar de un cambio, es porque todo se dirige hacia una mayor complejidad, o mejor, una mayor distancia entre la persona, el sujeto, el agente y el signo.

Creo que es esta teoría la que me permite afirmar ahora que, más allá de las interpretaciones del momento, e incluso más allá de la desesperanza que induce el estado del mundo, estamos presenciando una revolución silenciosa. No la revolución que esperaba en siglos pasados, ni tampoco la revolución restauradora que se le opuso tantas veces. No el triunfo del ego frente a la sociedad, ni del común frente al individuo, sino una revolución completamente inesperada e incomprendida, precisamente porque no existen palabras o conceptos para describir lo que es verdaderamente nuevo. Puedo explicarlo como sigue.

El mundo actual, el mundo globalizado, no podría existir sin la informática. No porque esta tecnología sea tan maravillosas como se pretende. Al contrario de los adoradores de la tecnología, yo siempre he pensado y defendido públicamente que la informática es sólo una consecuencia, un producto de la creciente distancia de la persona, el sujeto, el agente y el signo. La informática existe porque esa distancia se ha incrementado, y no es que la distancia se haya incrementado por efecto de la informática.

Por supuesto, se podrá hablar interminablemente acerca de qué vino primero: sea la distancia o la tecnología. Pero eso no importa tanto cuando se ve que el proceso de distanciamiento precede sin duda al desarrollo de las tecnologías de comunicación digital. En otras palabras, el origen del sujeto precede en siglos al desarrollo de las comunicaciones digitales. Al reconocer eso, también podemos ver que la extensión de la tecnología digital, por ejemplo en el comercio y la comunicación, no podría haber tenido lugar sin la aplicación de otras tecnologías que no son nuevas, ni modernas, ni digitales tampoco.

Me refiero específicamente a la criptografía.

Aunque el usuario de la informática lo percibe, y en muchos casos lo comprende, todo el aparato de comercio mundial, de comunicación civil y militar, todo el proceso de globalización y transculturación post-nacional, si bien se apoya en infraestructuras convencionales, depende esencialmente de los principios de la criptografía. Sea en comunicaciones donde los participantes conocen la clave secreta de la transmisión, sea en aquéllas donde las claves son asimétricas (criptografía de clave pública), todas las comunicaciones mundiales tienen elementos matemáticamente fundados para proteger los intercambios de voz, datos, mensajes, transacciones, y demás formas de contacto.

Para comprender lo que esto significa hay que dar algunos pasos atrás y volver a considerar la cadena de cuatro eslabones: la persona, el sujeto, el agente y el signo. Y así se podrá ver, que aunque no hay nada que pueda eliminar, ni siquiera disminuir la distancia entre las personas, e incluso aunque la tendencia claramente lleva al incremento de esa distancia, la paradoja es que a medida que el abismo crece, aumenta la importancia de la criptografía. O, más genéricamente, a medida que el mundo se hace más abstracto (con la preeminencia del sujeto social), más secretos se hacen los canales entre las personas.

Tal vez sólo un conocimiento técnico de lo que implica la criptografía pueda servir en este punto, así que no pretenderé explicar todo en pocas palabras. Será suficiente sugerir aquí, para quien quiera estudiarlo o desarrollarlo, que la criptografía tiene dos caras: una que se esfuerza en ocultar lo que se dice (que es la cara más evidente, como se entiende por ejemplo en la criptografía militar); y otra en la que el objetivo es verificar, garantizar el origen y la integridad de lo que se escribe. Es decir, si por un lado la criptografía oculta el mensaje a terceras partes, la misma ciencia asegura el contacto entre quienes se comunican.

Se habla por ello de “firmas criptográficas” y “resúmenes criptográficos” de un mensaje, cuyo valor está no sólo en proteger la privacidad y confidencialidad de las comunicaciones, sino también en garantizar a las partes el origen el destino de los intercambios. Precisamente en este segundo aspecto es donde veo el surgimiento de nuevos niveles de abstracción, es decir de distancia entre los individuos, pero una distancia que a la vez transforma y hace más sólidas y menos anónimas las comunicaciones.

Si durante un tiempo relativamente largo la criptografía se ha utilizado para aumentar el control de los individuos por parte de los sistemas socio-técnicos y económicos, cada vez es más evidente que la criptografía soporta y facilita una democracia universal de la información. Si durante todo el período inicial de la era informática el usuario final era el que tenía que autenticarse ante omnipotentes organizaciones financieras, militares y burocráticas; ahora vemos el surgimiento de intercambios que erosionan tales construcciones sociales y se establecen directamente entre los individuos dejando de lado las mediaciones. Así, paradójicamente, la misma tecnología que incrementa y complica la cadena de la comunicación interpersonal, crea un nuevo terreno donde las personas ya no requieren de ninguna burocracia.

Quien lea esto podrá pensar que me dejo llevar por cierto optimismo tecnológico, o quizás que estoy a punto de decir que estos avances criptográficos son, a pesar de todo, sólo nuevas formas de alienación. Ni lo uno ni lo otro. Me remito a lo que veo, y a lo que creo cualquiera puede comprobar: todos usamos mecanismos criptográficos sin los cuales no serían posibles nuestras sociedades post-nacionales. Existe de esa manera una especie de “criptografía democrática” o democratización de la criptografía, especialmente cuando se considera el comercio electrónico. Sin embargo, el momento siguiente que ya podemos ver es no sólo democrático, sino post-jerárquico o incluso anti-jerárquico, aunque no menos sino más criptográfico.

El signo más radical de este cambio es el surgimiento de las monedas criptográficas. La más conocida de ellas se denomina Bitcoin (http://bitcoin.org/es/ ). Es innecesario describir exactamente lo que es esta moneda en tanto que instrumento económico, y creo que es más importante decir, tal vez por primera vez, que lo más relevante de las monedas criptográficas no es que substituyan o amenacen con substituir las monedas hoy por hoy viciadas, envenenadas, del sistema monetario mundial, sino que estas nuevas monedas representan un nuevo fenómeno de interacción humana. Se trata de una interacción criptográfica, pseudónima (no anónima), pero segura, directa, verificable, irreversible y eficaz. Los usuarios de los nuevos sistemas operan en un marco de confianza y validez matemáticamente establecido, que es imposible de violar por más recursos que se emplee. Por supuesto, en su forma actual, las monedas criptográficas tienen limitaciones y por ejemplo están expuestas al robo, pero estos son problemas que comparten con todas las otras formas de intercambio financiero.

En cierta manera las monedas criptográficas han creado un nuevo plano de interacción humana que no sólo es post-nacional (como ya lo es el capitalismo financiero de hoy) sino que también es post-material, es decir, que no se apoya ni siquiera en documentos, acciones, valores, acciones, circulante, monedas, billetes o cualquier otro símbolo tradicional de gobiernos, imperios, bandos o agencias de impuestos. Es allí donde reside la novedad, y no en el hecho de que estas monedas operen como monedas.

Desde un punto de vista científico, es decir criptográfico, lo que Bitcoin representa es una verdadera revolución en las relaciones humanas, potenciadas con un nuevo nivel de “in-dirección” (como decimos en el argot informático), es decir con una mayor distancia entre las personas, lo que sin embargo genera una mayor confianza que no podía existir con los sistemas monetarios y financieros previos. No es una casualidad que las monedas criptográficas estén experimentando una explosión global en términos de interés, desarrollo, análisis y especulación justamente cuando el sistema financiero global se desintegra y se convierte en un baile de máscaras.

Así pues, si bien no hay historia, sí hay humanidad. Hay una causa. Y si bien la humanidad está signada por la alienación y la cuádruple segmentación de su esencia, esa misma estructura genera lo nuevo. La criptografía, comúnmente entendida como la ciencia del ocultamiento se convierte en la ciencia de la liberación cuando es usada por todos. El capitalismo global, liberal y post-nacional, que expulsa a la persona de la sociedad, genera también los medios para que esas mismas personas alejadas por mil medios, se comuniquen nuevamente con nuevos lazos de confianza.

Y esto ocurre—volviendo a la teoría de la cuádruple articulación—porque la criptografía garantiza, sella, los signos que emite cada uno de los participantes. Establece un protocolo, un programa previsible y demostrable, de modo que el receptor sabe de quién viene el mensaje aunque siga sin conocer y nunca llegue a saber nada de la persona que se comunica con él o ella. Específicamente, los protocolos de moneda criptográfica son incluso más potentes que cualquier protocolo de mensajería, porque al transferir un signo de valor dejan al receptor en total libertad para utilizar tal signo. Los expertos en este terreno han comenzado a señalar que los protocolos criptográficos permiten que el medio de intercambio genérico (una moneda) exista y se valide en un medio de comunicación universal (el ordenador electrónico).

Estamos muy lejos de ver las consecuencias de este cambio, pero al menos podemos contemplar este cambio inusitado. Los más aventurados o sabios quizás extraigan más conclusiones que éstas. Yo por mi parte puedo decir que pocas son las generaciones que experimentan verdaderos cambios, si los medimos por el grado de complejidad histórica que despliegan. En este sentido, creo que no ha habido novedad de este calibre en los siglos que han pasado desde se crearon los primeros bancos en Italia del Norte y la Liga Hanseática. No exagero al decir que estamos presenciando algo portentoso y memorable.

Termino pues con una nota de optimismo, aunque encuadrada en el abandono de cualquier ilusión acerca del futuro, el desarrollo o el progreso. Optimismo porque, quizás al final de la cadena de sueños y desilusiones, detrás de todo y poco antes de la muerte, si bien no existe historia, sí existe una esencia humana, más pura, más consciente, más transparente, más verídica que todo lo que ahora vemos entre las sombras.

 

(Nota: Refiero al lector al libro publicado en estas mismas páginas, donde se encontrán la bibliografía y las notas que soportan muchas de las cosas que se aquí se dicen. Ver: http://carlos-trigoso.com/fundamental-conceptions-of-information/  )

 

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