La España Permanente en el Ocaso de las Naciones

Ayer la Justicia Española envió a prisión preventiva a la mayoría de los miembros del ex-gobierno de la comunidad autónoma de Cataluña, encausados por rebelión.

Mientras continúo trabajando en un libro –que ya tiene muchos años de preparación y que espero acabar pronto–, los sucesos de España me absorben de una forma inusitada. No es la política, que no sigo con detalle, sino toda la problemática de las autonomías regionales y del “independentismo”. España, al salir del período de la dictadura de Francisco Franco, se dio a sí misma una constitución “moderna”, democrática y de-centralista. Un documento que es además único en tanto que reconoce una gran libertad a sus comunidades regionales. Tanto a las que tienen cierta base local-lingüística, como a las que no la tienen. No está demás aclarar que esa regionalización no tiene ni tuvo bases étnicas ni raciales, aunque los nacionalismos la hayan explotado con sus argumentos.

La crisis española (que no es sólo catalana y que lleva al menos cinco años) me motiva particularmente porque yo siempre he apoyado las autonomías regionales. Décadas atrás, estudié y escribí mucho sobre el desarrollo económico y la de-centralización, sustentando hasta una idea “regionalista”. Mis artículos sobre este tema estarán seguramente en alguna hemeroteca. Estoy hablando del final de los años 70.

Décadas han pasado y sigo pensando en las mismas líneas: Especialmente en los países que no lograron una integración económica endógena, un “mercado nacional”, y donde la temprana integración desde un principio creó unos tipos de producción muy especializados y concentrados sobre la exportación, es razonable pensar en la regionalización económica como una condición clave del desarrollo “interno”. Formaba parte de esa idea la noción de que la regionalización económica se sustentase en la administración local de las rentas de recursos naturales.

Importante es notar que incluso entonces yo no veía la administración local de impuestos o tasas como un mecanismo válido de canalización del desarrollo, sino que apostaba por la directa posesión y propiedad de los recursos como base de las economías regionales. En ese período de mi vida, pronto encontré que tales ideas no reflejaban ninguna de las posiciones ideológicas o políticas del momento. Fuese por prejuicios contra la de-centralización o por aspiraciones estatistas y centralistas, mis trabajos no tuvieron acogida. Algunas tendencias favorecían tasas e impuestos, otras la sustitución de importaciones y otras pura y simplemente la propiedad estatal.

Sin embargo, yo nunca olvidé esas ideas, y ahora me vienen a la memoria cuando intento comprender lo que está pasando en la Madre Patria. De las críticas que recibí conservé una, esencial, que en verdad se encuentra ya en los escritos de J.C. Mariátegui y que consiste en cuestionar el regionalismo por su potencial encaje con el caciquismo y feudalismo locales. En los tiempos de Mariátegui eso equivalía a la hegemonía de los terratenientes y sus poderes locales.

Reflexioné mucho sobre esto durante años, y reconocí que –incluso cuando no existe una hegemonía terrateniente-feudal—un regionalismo de base puramente económica (por ejemplo, basado en la distribución de la renta de los recursos naturales) no es una opción sólida ni viable, a menos que las estructuras de la sociedad civil estén ya muy desarrolladas. Y es que un regionalismo válido y liberador sólo puede ser político, tanto como que un estado moderno también sólo puede ser político y no territorial, ni racial, ni cultural, ni étnico, ni religioso. En todo esto me refiero a las relaciones de los pueblos dentro del estado moderno (el así llamado “estado nación”), y no a las relaciones entre los estados nación, donde sin duda históricamente esas diferencias sirvieron para articular las grandes unidades estatales modernas. Dejé así atrás la idea de un regionalismo económico sin haber adoptado nunca un regionalismo nacionalista. Pero ya no importaba, porque me había dedicado a otras investigaciones y archivé todo lo que dejo dicho.

Sólo retuve la noción de que un regionalismo válido tiene que ser puramente político, ya que de lo contrario inevitablemente degenera en nacionalismo, opresión y conflicto. Comprendí así que la regionalización no puede ser óptima como camino de desarrollo nacional pero sí puede en cambio concebirse como una etapa superior de devolución de competencias o de avanzada de-centralización en los estados donde ya existe un marco legal y estatal unitario.

Ahora escribo esto sólo como testimonio y para plasmar estos pensamientos de alguna manera, aunque no los voy a desarrollar ya.

Esto es lo que veo en España y en su problemática comunidad de Cataluña: allí, con pleno apoyo e incluso también con intención política y a veces descuido de los gobiernos centrales de los últimos años, la riqueza se ha acumulado notablemente. Sin embargo, nada ha impedido la persistencia de una artificial xenofobia que existe en el catalanismo contra el resto de España. Se suele decir en la prensa que se trata de un nacionalismo fanático, pero yo creo que es xenofobia y que además tiene causas psicológicas que es difícil entender. Está claro que el catalanismo ha aprovechado argumentos y situaciones de tipo económico, como los debates presupuestales, la recaudación de impuestos o la inversión pública, pero lo que veo en Cataluña es un elevado nivel de agresión, rechazo y repulsa irracional a todo lo español. Lo que en el pasado parecía ser un “orgullo de pueblo” se ha convertido en un “odio de España”. Como si España fuese una potencia colonizadora o una “cárcel de naciones”, cuando es evidente que Cataluña ha tenido ventajas en los arreglos políticos y económicos con el Estado Español incluso durante el gobierno de Francisco Franco (por ejemplo, la exclusividad para ciertos tipos de industria). Cataluña ha tenido también la ventaja de negociar con Madrid con mayor facilidad que todas las otras comunidades autónomas.

Leo los diarios de España de todas las corrientes y veo pues que ha surgido un odio nacional-populista que es xenófobo y fanático, irracional, y pienso que están en lo cierto quienes comparan el nacionalismo catalán con los nacionalismos históricos que devastaron Europa. Lo más preocupante del escenario actual –sin detenernos en el análisis político—es que este nacionalismo catalanista se caracteriza por adoptar una “realidad paralela”, una legalidad autodefinida, un “estado virtual” que existe más allá de lo que piensen las mayorías sea en España o en la región misma o en Europa, y donde no importa la Constitución ni tampoco ningún orden político.

Es fácil mofarse de los extremos ridículos a los que ha llegado este nacionalismo, pero creo que esta total desconexión de orden mental e ideológico –que por ejemplo sostiene que el origen y el futuro de toda la cultura europea están en Cataluña, o la pretensión de que el eje de la historia de los próximos 1700 años pasará por Cataluña—representa mucho más que de una locura temporal o una crisis local.

Esta desconexión afecta el lenguaje hasta el punto de hacer imposible la comunicación: cuando se habla de ley, se escuchan simplemente mofas de la Ley Española, cuando se menciona al Rey, se listan los pecados de todo rey sin distingo, cuando se habla del Estado, parece que Francisco Franco no murió hace décadas.

Las palabras ya no tienen sentido ni en la prensa catalanista ni en los debates políticos o académicos. Las discusiones entre profesionales (por ejemplo, economistas) son imposibles cuando una parte simplemente ya no argumenta dentro de los parámetros convencionales. El catalanismo auguraba por ejemplo que los bancos se “pelearían” por estar en su república, o que podrían “entrar” a la Unión Europea después de un chantaje nuclear con ayuda de una base naval China en el Mediterráneo.

Para remitirnos a lo actual –después de la puesta en prisión de los dirigentes de la rebelión catalanista–, todas las demandas contra España exigen que el gobierno directamente interfiera en el sistema jurídico y se libere a los encausados. La “realidad” del catalanismo es una donde nada que pueda hacer el Estado es legal, y por lo tanto puede borrarse sin más por medio de acciones arbitrarias. Es decir, acciones arbitrarias similares a las que los políticos catalanistas usaron para crear en pocos meses una legislación paralela en su rebelión contra España.

Para los catalanistas, la democracia es por definición sólo y únicamente catalana. y no hay más ley que la que ellos creen que se dan en actos que superficialmente aparecen como actos de gobierno. En sus votos parlamentarios la angustia psicológica nacionalista no se detuvo ni siquiera a respetar el propio Estatuto legal de la autonomía catalana. Es de notar también como dichos actos y “preparativos” para el supuesto estado catalán se han mostrado no sólo ilegales y cuestionables, sino también completamente insuficientes, ficticios y deleznables (por ejemplo, con la fuga de cerca de 2000 empresas de todos los sectores hacia Madrid y otras ciudades).

Es un salto al vacío que los comentaristas no han dejado de señalar. Pero creo que muchos se remiten a la política como si hubiese algún cálculo o racionalidad detrás de todo, como si estuviésemos en un escenario donde el juego todavía es político de alguna manera y por lo tanto como si todas las partes se moviesen en el mismo tablero. Pienso que no es así y que lo que estamos viendo escapa a lo político (es decir no es un conflicto político dentro del Estado Nación y dentro del llamado “estado de derecho” europeo. Y creo que el potencial negativo de esta crisis es mucho mayor ya que muestra algunos de los efectos del ocaso del estado, si no el comienzo de una etapa ya no solo postnacional (global), y post-cultural sino también post-estatal (anómica e irracional).

Me alejo todavía más de la política en este punto porque, como digo, yo siempre apoyé, y sigo apoyando una regionalización política, en un Estado político, y creo que ya está claro que en España esto ya se entiende y yo no tengo nada importante que aportar.

Sólo trato ahora de explicarme ahora por qué ha ocurrido todo esto y por qué va a seguir. Creo que va a continuar y que otros países –algunos ya afectados por el secesionismo en Europa—verán recrudecer las tendencias nacionalistas en este ocaso de las naciones estado. En parte el fenómeno se debe a la dejadez o a la deriva de los gobiernos nacionales. En otros casos a esa deriva se suma una tendencia a la de-centralización por razones y componendas políticas. En el caso de España los expertos señalaron hace décadas que la generosa Constitución había creado un terreno fácil para los nacionalismos. Pero hay que ser completos y agregar que la fragmentación nacionalista tiene causas próximas en el tiempo también: la crisis financiera del 2008 sin duda llevo a los gobiernos europeos comprometidos con la UE a una política de austeridad extrema combinada con una masiva emisión monetaria y una incomprensible expansión de la deuda pública y privada. El capitalismo occidental y europeo se “estabilizó” en un marco “post-capitalista” con tasas negativas de interés, pero enteramente dominado por la deuda y las finanzas. Se salvó a los bancos, pero se hizo pagar todo a las naciones. Así en Grecia como en Francia, en el Reino Unido, como en España. En todas partes. Todo para ahora volver al punto de partida de la crisis.

Grandes segmentos de la población de Europa, especialmente los jóvenes, están a la deriva no sólo porque han desaparecido grandes partes del Estado de Bienestar, sino también porque los estados mismos han perdido legitimidad y la política aparece absurda y detestable. En Inglaterra, por ejemplo, sucesivos gobiernos han dado más importancia a jugar a la “geo-estrategia”, a las grandes ventas de material bélico “por interés nacional” y a la locura de la amenaza nuclear, que a labores elementales de funcionamiento estatal.  No entro en detalles, pero resumo que no es sólo que los Estados ya no tengan claros pilares y objetivos, sino que casi ya no existen como Estados ante los cuales pueda haber reconocimiento, representación, lealtad e identidad. Claro está que –incluso en ese contexto–, una población madura y consciente de su historia podría seguir anhelando la libertad formal que promete el Estado de Derecho, y claro está también que incluso en los peores momentos, los individuos podrían seguir adheridos a un Estado Político. Eso es cierto, pero en ese contexto también el nacional-populismo tiene un terreno fértil y su desarrollo es inevitable y rápidamente puede causar daños que costará décadas remontar.

Quizás podría esperarse que un sistema educativo contrarrestase lo peor y que las nuevas generaciones al menos aprendiesen su historia; pero no ha sido así, al menos no en Cataluña, donde la total libertad del catalanismo ha derivado en una población juvenil que aprende en Kindergarten a odiar a España, a su hermosa lengua, a su historia, a la Corona, a las leyes de la nación e incluso a las mismas tradiciones y orígenes de donde estas tendencias dicen proceder.

Y así tenemos también –al lado del nacional-populismo– el espectáculo de una izquierda española inclasificable, mezcla de algunos restos de anarquismo y comunismo, así como de otras ideologías que nunca tuvieron nada que ver entre sí. Esta “izquierda” que activamente sostiene, justifica, explica y apoya al nacional-populismo. Aparentemente lo hace por una pretendida “estrategia” destinada a causar el mayor daño posible al Estado Español. Pero esta es sólo la apariencia, ya que, como ocurre con una parte muy considerable de la juventud catalana– simplemente ya no tiene ningún concepto de Estado Político y odia a Espana tanto como el nacional-populismo. Odia a España precisamente porque es un estado político y no un atavismo.

Aquí quiero ser más preciso, y reconocer que estas observaciones son particularmente válidas para Espana, aunque observo una similar deriva también en Inglaterra y Alemania. Juzgar el papel de la “izquierda” no es trivial y seguramente habrá variantes muy diversas. En la perspectiva europea, si estas tendencias se desarrollan más, considerando las guerras y los nacionalismos de los dos siglos precedentes, lo notable será cómo se ha pasado del internacionalismo al nacionalismo, del universalismo europeo a la política identitaria. Habrá cierto cálculo político en estas tendencias, para “hacer daño”, pero también una total pérdida y alejamiento de supuestas tradiciones contrarias a la xenofobia y al exclusivismo. Si nos abocamos al análisis, se puede comenzar a entender una “izquierda identitaria” surgiendo de una “izquierda” que ya se había acostumbrado a ser “defensora” de numerosas otras “identidades” minoritarias. Si se confirma esto, tendríamos que pensar que el rol de la “izquierda” ha cambiado porque el contexto histórico mismo –más allá de las voluntades particulares—es distinto: el neo-nacionalismo y el neo-comunismo van juntos en este período post-cultural, postnacional y también post-estatal.

Digo esto y me doy cuenta de que, en perspectiva, lo que está pasando en España y en Europa es un giro más, un momento nuevo del Estado Moderno en su forma europea. La Unión Europea, ese meta-estado que no llegó a formarse plenamente, ya muestra tendencias desintegradoras, por su propia operación, porque al quitarle potestades a los estados miembros, y al imponer parámetros financieros, migratorios y políticos a todos, inopinadamente ha causado efectos impredecibles e incalculables y ha paralizado la política de estos Estados nacionales que ya no pueden aparecer como legítimos detentadores del poder y garantes del orden social formal. El nacional-populismo y el izquierdismo postnacional que le acompaña son producto de este periodo del Estado Liberal Europeo en un contexto de globalización post-estatal.

Allí me detengo para decir que, si existe alguna comunidad política en Europa con suficiente entidad y unidad política para resistir y superar el nacional-populismo y sus apoyos, esa es España. Ella existe y existirá en parte porque desde un comienzo fue puro esfuerzo y voluntad políticos, a través de los siglos, y mientras allí esté esa Hispania con todas sus glorias y todos sus pesares, en esa Hispania estará Cataluña.